Le enviaba una canción cada día. Una relación por guasap… podíamos decir. Muy de moda en estos tiempos que vivimos. Muy frío para mi gusto. Soy una mujer nacida en los 70 y romántica empedernida, más de face to face y de cruce de miradas. Más del roce de la piel y conversaciones siempre enriquecedoras con él.

Vamos a llamarle ÉL, pues sólo es él, su nombre es lo de menos. Nos encontramos de pasada una noche de verano. Me lo presentaron y en ese instante me atrajo mucho… demasiado para un primer contacto visual. Sólo sabía su nombre y dónde trabajaba.

Como soy terriblemente impulsiva me dejé llevar por mi yo visceral y esa misma noche localicé su correo electrónico y le envié una invitación para poder conocerle mejor, así a quema rota, sin anestesia ni vergüenza; ”Una atrocidad” puse de asunto y vaya si lo era.

Pasaron los días, las semanas y los meses… Le veía de vez en cuando, acompañado por conocidos que teníamos en común y siempre con poco tiempo para poder charlar y que me pudiese afirmar o negar si había leído el correo o si tan solo lo había recibido. Y yo con esa incertidumbre y ese brillo en los ojos cada vez que le veía aparecer.

Una noche de esas en las que coincidimos, con más miedo que vergüenza y un vino de más, me lancé: -Esperando tu correo de respuesta, sigo. Le dije. -¿Qué correo?… Me contestó extrañado.

Le conté lo que había hecho, y admirado y extrañado a la vez, me explicó que ese correo no lo utilizaba y me facilitó la dirección “buena”, pidiéndome que se lo reenviara. Así lo hice.

Tres meses después de nuestro primer encuentro, esa misma noche, localicé el dichoso mensaje y se lo reenvié. Lo cierto es que reconoció y admiró mi valentía o mi locura… no lo tengo muy claro. Nos intercambiamos los teléfonos móviles y ahí empezó un ir y venir de mensajes, canciones y algunas, muy pocas, escuetas conversaciones telefónicas. 

ÉL no estaba libre como yo y no me podía ofrecer lo que yo deseaba. La vida no es justa y los planes, ya lo sabéis, pocas veces tienen el final que nos hubiera gustado.

Debo tener alma de bolero y como reza una de tantas canciones que le he dedicado: no consigo borrarle de mi mente.

Me levanto y me acuesto con su imagen y allá donde vaya le veo. Le adoro, esa es la verdad, y no tiene remedio. Le adoro independientemente de su situación personal. Le adoro y deseo que sea feliz aunque no sea conmigo. Le adoro y me reconforta ese par de besos que nos dimos y que me supieron a gloria. Le adoro, en la distancia y sin remedio. Le adoro y como le adoro le doy alas para que vuele a otro nido y escribo esta carta, no sé muy bien por qué… Tal vez me sirve como terapia, qué sé yo… Le adoro y doy gracias por haberle conocido. Tal vez en otra vida nos reencontremos o tal vez no.

Este relato forma parte de Hamor, la sección de nuestro blog en el que escritores amateurs nos cuentan sus historias más íntimas. ¿Te animas?

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Eva Díaz Martín
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