Ella se afanaba por dejar los cristales de la Piscina Municipal limpios, relucientes, pues en ellos veía una metáfora o símil de su vida. Cuanto más limpiaba, más sentía que todo cobraba sentido. Su vida hasta hace muy poco había sido un ir y venir, y sobre todo, un puzzle desordenado que ahora tenía la ocasión de ordenar. 

Por las mañanas pasaba cuatro horas dedicadas a la profesión de limpiadora, por la tardes se volvía a poner en el papel de profesora. Nunca decía los versos como el cómico viejo, pues en cada clase ponía toda su alma, su fuerza, su saber. 

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La rutina en la piscina empezaba por la entrada, seguía por los vestuarios y siempre terminaba en la sala dedicada a las clases de boxeo. Llegando a este punto, siempre repasaba mentalmente la clase que iba a impartir por la tarde. Unas veces recordaba el destino trágico de Santiago Nasar, protagonista de “Crónica de una muerte anunciada”. Otras las derrotas de los personajes de “Los girasoles ciegos”. No obstante, pese a tanto pesimismo literario, ella nunca se dejaba vencer e iba ofreciendo y regalando a todo el mundo la mejor de sus sonrisas. Esas sonrisas que iluminan cualquier estancia, por fría y desolada que esté. 

No entendía muy bien porqué llegaba a la sala de boxeo y se empezaba a acordar de sus clases. Seguramente porque lo que allí encontraba le recordaba a un campo de batalla, similar al que se encontró “El capitán Alegría”. Campo de batalla, que ella invadía y al final todo quedaba más que limpio.

Allí se encontraba con Ricardo con su cara de pocos amigos y con ganas de entrar en polémica. 

Pero ella tenía la mejor de las armas: su sonrisa. Ricardo era profesor de boxeo desde hace dos años y se tomaba muy en serio su trabajo. Pese a su juventud había tenido que afrontar muchas dificultades y superar ciertas limitaciones.

Algo pasaba cuando en la habitación entraba Marisa. Es como si todo se iluminara. Una luz potente, cálida que le invadía su corazón. Él intentaba no echar mucha cuenta a estas emociones. Las controlaba, las bloqueaba, las eliminaba. 

Marisa tenía un contrato temporal que estaba próximo a terminar. En su mente repetía los versos de Machado: Caminante no hay camino, se hace camino al andar. Sabía que su caminar le llevaría a transitar otros lugares, otras experiencias. Aunque a veces se sorprendía pensando en Ricardo, en su tristeza, y como siempre su mente se iba a los personajes de los miles de libros que había leído. Ese Andrés Hurtado que pensaba que el conocimiento le daría todas las respuestas, pero se frustró al no conseguirlo. 

El último día de Marisa le encargaron ayudar a Ricardo en la colocación de unos instrumentos en la sala de boxeo. Tenían que hacerlo de forma colaborativa, utilizando sus energías en la misma dirección. Y en el momento que se rozaron las manos, una pequeña electricidad recorrió sus cuerpos. Se miraron y sin decir nada se lo dijeron todo. 

Esto tan solo duró un minuto de reloj y rápidamente los dos tuvieron que volver a sus obligaciones. Antes de marcharse Marisa entró en el vestuario de Ricardo y allí vio su camiseta. 

Encima de ella le dejó unas tarjetitas de sus clases, con su teléfono. 

Era ya medianoche cuando el teléfono sonó… y Marisa no se sorprendió.

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Agradecimientos a Photo by Tim Johnson on Unsplash

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