Hace unos años, yo iba con un grupo de amigos solteros, separados y divorciados. Éramos un grupo de cuarentones, no había gente joven. Fue una de esas noches en las que decidimos salir a menear un poco el cuerpo en alguna sala con buena música, cuando vi a una chica que llamó mi atención: pelo largo, elegante, dulce…

– Hola.
– Hola.

Nos saludamos en medio de tanto ruido de la sala, donde acababa de terminar una tertulia sobre política y ya habían puesto la música. Costaba un poco entendernos, así que empezamos a hablar más alto. En pocos minutos, nos olvidamos del resto de la gente que nos rodeaba, de la música y de dónde estábamos. Nos pusimos a hablar de todo, e incluso llegamos a flirtear el uno con el otro a partir de las frases más famosas de Groucho Marx:

– “Yo nunca olvido una cara, pero en su caso, haré una excepción”.
– “No disparéis hasta que no haya visto el blanco de sus ojos”.
– “Me voy a dormir la siesta. No me esperéis en los próximos siglos”.

Y así varias frases más que dieron protagonismo a una hora entera de conversación muy fluida, donde ambos parecíamos estar muy interesados el uno en el otro. Me gustó que ella se sentara a mi lado y acercara su oído para escucharme. Olía muy bien… La atracción mutua ya era evidente. Yo noté que a ella ya le había gustado desde que me escuchó dar mis puntos de vista sobre política con un estilo enérgico pero educado a la vez, sin mostrar prepotencia alguna.

Cuando decidimos que la noche en esa sala ya había terminado, ambos tomamos la iniciativa de ir a buscar un lugar un poco más íntimo para continuar con nuestra interesante charla. En ese paseo buscando un nuevo destino, ella y yo ya íbamos cogidos del brazo, un gesto que nos hizo ver que aquello iría mucho más allá.

– ¿Buscamos un lugar donde poder charlar tranquilamente? – sugirió ella.
– Sí. – conteste yo, sin saber muy bien qué había por allí cerca.

Finalmente, encontramos una pequeña discoteca justo al lado de donde se había celebrado la tertulia. Entramos y nos tomamos unas copas al ritmo de la música. Bien, si lo describimos gráficamente, diré que “intentamos ir al ritmo de la música”, ya que a ninguno de los dos se nos daba demasiado bien eso de seguir los pasos de la canción. Aunque tampoco pretendíamos ser los nuevos bailarines de “Fiebre del Sábado Noche”, claro ;)

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Después de unos cuantos bailoteos, nos sentamos en una especie de sofá para continuar charlando. Mientras yo hablaba, ella entrelazaba mi dedo meñique con el suyo. Sería por ese pequeño gesto que yo me envalentoné y le di un beso en la mejilla, a lo que ella respondió con otro. Todo esto pasó de una manera muy dulce y cadenciosa. El tópico obligatorio en las historias de amor vino justo después, después de los preliminares (los pequeños besos en las mejillas… llegó el tan esperado momento. Yo me atreví a besarla en los labios, de forma muy breve, duró un segundo, ya que quería saber cómo reaccionaría ella… Se sorprendió, pero rápidamente se abrazó a mí y continuamos con otro beso apasionado, y así estuvimos una hora más.

Desde el día siguiente, empezamos a salir. Cuatro años felices, fue el amor de mi vida.

Este relato forma parte de Hamor, la sección de nuestro blog en el que escritores amateurs nos cuentan sus historias más íntimas. ¿Te animas?

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Agradecimientos a: Photo by Nick Fewings on Unsplash

Julián Juan Lacasa
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