Todo comenzó un 10 noviembre de 1915, por aquella época yo contaba 19 años y hacia uno que me había casado, mi esposo quiso regalarme, por nuestro aniversario, unas entradas para asistir a la inauguración del teatro con más renombre de la época.

Esa tarde iba a ser especial para mi, a aquel evento iban a asistir lo mejor de la alta sociedad valenciana, todos previstos con sus mejores galas, y yo, por primera vez, iba a asistir a una celebración de tal envergadura, me encontraba nerviosa, excitada por la emoción, mi intuición me decía que aquel día iba a ser el primero del resto de mi vida, pero lo que yo no imaginaba que el resto de mi vida iba a ser completamente distinto para lo que yo había sido educada.

Los rollos son un rollo, y lo sabes. Vente a Zhazz
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Y allí me encontraba, enfrente de aquella puerta y cogida del brazo de mi esposo, Vicente. Él contaba entonces 25 años, nuestras familias se conocían de siempre y desde bien jóvenes ya nos había “ennoviado”. Mientras “festejábamos” no nos veíamos mucho, él estudiaba la carrera de arquitectura fuera de la ciudad y nuestros encuentros ocurrían solo cuando las dos familias organizan almuerzos o tertulias. Yo por aquella época no me podía quejar, él era un hombre bueno y trabajador, y en mi casa no faltaba ningún lujo.

Una vez que crucé la puerta me sentí…no se como explicarlo, ¿especial?, estaba viviendo en primera persona uno de los acontecimientos más importantes de la ciudad, tenía solo 19 años y mi futuro se auguraba bueno; buena familia, buena posición, buen matrimonio, creía tenerlo todo. Nos disponíamos a ir hacia nuestros asientos, me quedé impresionada por el importante desnivel del patio de butacas, imitando el diseño de los teatros extranjeros, y entonces, una voz femenina me sacó de mis pensamientos….

¡Amparo, la cena ya esta lista!.

¿Dónde estará esta chiquilla?

¡Ya bajo mamá!

¿Subo?

No, no, ya bajo yo, no hace falta. Uf, espero que no me descubra en la buhardilla, ojeando en las cajas aún cerradas de la mudanza.

La verdad es que desde que mis padres se separaron y nosotras nos mudamos a este pueblo, todo me resulta más difícil; salir a la calle, jugar…ya nada me divierte ni entretiene, excepto la buhardilla. En ella encontré unas cajas todavía cerradas, y aprovechando que mi madre estaba trabajando en su despacho, abrí una de ellas. La caja contenía, entre viejas fotos y cartas, un antiguo diario, ¿de quién seria?.

… Buenas tardes señor, señora. Dijo la voz femenina. Ella era la señorita acomodadora que con un gesto de su mano nos indicaba nuestras butacas. Y entonces nuestras miradas se cruzaron, ella enseguida bajó la cabeza, tímidamente, y continuó con su labor en el gran teatro, pero yo ya no podía continuar como hacía unos minutos antes, una extraña sensación había recorrido todo mi cuerpo, de pies a cabeza, junto a un pinchazo en el estómago, algo que nunca había sentido. Después de esa primera velada, en la que pudimos disfrutar de la ópera cómica de Rossini “il barbieri di Siviglia” le siguieron más noches de espectáculos, algo que ya se convirtió en nuestro ritual, y todos los primeros viernes del mes acudimos a nuestra cita con el teatro. Pero ese viernes de un mes de mayo todo cambió.

Estábamos en el bar ubicado en el sótano, junto a unos amigos tomando un refrigerio, a mi se me cayo la copa manchándome la blusa, Carmen, que así se llamaba la señorita acomodadora que nos atendió en la inauguración, me acompañó al baño para ayudarme a limpiarme. Ella humedeció el pañuelo y con suavidad fue trotando sobre la mancha, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, su roce provocó reacción sobre mi cuerpo, mis pechos se tensaron, ella entonces me miró a los ojos primero y después bajó su mirada hacia mis labios. Yo estaba nerviosa, no podía pensar ni reaccionar. Solo podía dejarme llevar por ese extraño deseo que sentía mi cuerpo entonces, sentí sus labios hundiéndose sobre los míos para a continuación sentir sus manos recorriendo mi ser hasta llegar a estremecer entera…

¡Mama, llaman a la puerta!

Hija, son unas amigas de tu nueva clase, vienen para que las acompañes a jugar.

No quiero mama.

Amparo, no puedes estar siempre aquí encerrada, tienes que jugar con niños de tu edad. No te preocupes mama, yo estoy bien sola aquí, puedes estar tranquila en tu despacho. Vale, les diré que no te encuentras bien, pero no quiero que te acostumbres a quedarte encerrada en casa.

… Durante los siguientes 3 años, Carmen y yo mantuvimos en secreto nuestra historia de amor, fueron unos años muy bonitos. A veces en el teatro, cuando podíamos, nos escapábamos unos minutos para dar rienda suelta a nuestra fantasía, y en las múltiples salidas y viajes de mi esposo, disfrutábamos jugando a que éramos una pareja normal, de las de verdad, de las que conviven felices bajo un mismo techo, Vicente lo sabía, pero él me dejaba ser feliz a mi manera, él, por su parte, también buscaba esos momentos de felicidad en sus escapadas, los dos, a nuestra forma, intentábamos hacernos hueco en esta sociedad que nos negaba la dicha y el amor como nosotros lo entendíamos.

Pero entonces vino ella, la personita mas importante de mi vida, la única por la que sentí el amor más puro y sincero que se pueda sentir, Eva. En ocasiones, Vicente y yo compartíamos lecho, no era lo habitual en nosotros, pero después de algunas cenas con amigos en la que disfrutábamos más de la cuenta de los buenos licores, acabábamos la noche juntos, y así es como creamos a nuestra pequeña, nuestro lucero del Alba, lo más hermoso y lo único de verdad de nuestro matrimonio.

Durante un tiempo me mantuve lejos de Carmen, durante el embarazo y mientras Eva fue pequeña. Vicente y yo intentamos fingir una vida normal, él dejó sus escarceos y yo retome mi papel de señora. Fueron 5 años de felicidad a medias, de tener la sensación de estar viendo un teatro desde fuera. En la que yo era la espectadora y que alguien con mi cuerpo actuaba, era la testigo de una vida que no me correspondía. Millones de veces sentí una presión en el pecho que me ahogaba, sentía la necesidad de gritar, salir corriendo, quería ser yo, quería alejarme con mi niña, mi tesoro, lejos de aquí, empezar de cero, ¿pero dónde podía irme? yo sola, una mujer con una niña pequeña en una sociedad que no aceptaba mi verdadero yo, y entonces salí corriendo sin mirar atrás…

¿Qué haces aquí mamá?

¡No! ¿qué haces tú aquí escondida? Estaba leyendo este… ¿diario?

Si cariño, es un diario. Cuando yo era pequeña hacía como tu, me solía esconder de mi madre para leer, parecía que así las historias embargaba algún misterio. Un día llamaron a la puerta, tu abuela abrió y apareció un mujer anciana, de pelo color plata y de mirada triste y cansada, le entregó este libro a mi madre y se marchó. Vi como ella, mirando el diario, lloró desconsolada y salió corriendo del salón, entonces yo me acerqué y leí parte de su contenido. Lee la última página del diario.

… Hija, te pido perdón, te pido perdón por haber sido cobarde, por no tener el valor de enfrentarme a la vida contigo a mi lado, pero no quería que tu pagaras las consecuencias de esta sociedad de escasos valores y grandes juicios morales. Se que tu padre te quiso y te cuidó hasta su último suspiro, aquel que le arrebataron en aquella maldita guerra civil, se que su verdadera esposa, de la que estuvo enamorado toda su vida pero no la aceptaban sus padres por su condición social, te trato como una hija, se que te dieron hermanos con los que compartisteis momentos felices. Todas esas cosas no las hubieras tenido conmigo, pero yo nunca te abandone, yo seguí acudiendo, como cada primer viernes de mes, a la puerta de aquel teatro para verte crecer. Fui feliz junto a Carmen, pero por dentro me sentía desgarrada, desgarrada por no poder abrazarte, por no poder decirte lo mucho que te necesitaba. Ahora ya se me acaba el tiempo, la vida se me escapa y no se si voy a reunir el valor suficiente para decirte que te quiero. Tal vez cuando abras la puerta no pueda, pero quiero dejarte este diario como testigo mudo de lo que mi corazón grita en silencio.

Laura Sepúlveda Barnés. Puedes encontrarme en mi perfil de Linkedin

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