¿Os apetece una cena afrodisíaca? Los bosques vestidos de otoño nos pueden proporcionar los ingredientes. El resultado: tendrás que leer el cuento. Déjate llevar por un buen guiso con setas.

La cama se deslizaba a toda velocidad. Los ojos dilatados de Ada observaban el paisaje como dos anteojos de color verdes provistos de una potente lente.

Al cruzar la puerta que, daba acceso a una gran sala, su mirada se quedó atrapada en el dintel donde una pareja de arañas copulaban. Le fascinó ver como los espasmos de éxtasis actuaban como un resorte que les hacía mover las patas y tejer, al mismo tiempo, una fina telaraña de encaje. Debajo una hormiga verde recogía sigilosa la preciada muselina. Seguro que la usará para coser una camisola y la venderá en su tienda de lencería fina. En el nido de las hormigas debe existir el sex-shop, también, pensó Ada, mientras cerraba los ojos.

Justo en aquel momento la cama supersónica se debuto. En pocos segundos su mente le devolvió la imagen de las arácnidas gozando con sus ocho patas entrelazadas; la escena le recordaba algo familiar. Cuando entreabrió los ojos se vio rodeada de un batallón de nomos vestidos de verde. Unos escalaban las patas de la cama para acercarse a ella, otros subían por el cabezal, algunos incluso aterrizaban a su lado usando sábanas como paracaídas. Le hacían cosquillas, le alumbraban los ojos con linternas. Ada tenía la sensación de que no era a ella a quien acosaban.

Su cuerpo le era desconocido y su espíritu seguía fascinado por el mundo mágico que la rodeaba: las arañas retozando, las hormigas, cosiendo picardías, los nomos abriendo las puertas de sus casitas en forma de setas para abalanzarse sobre ella. De repente sintió que le faltaba el aire; uno de los hombrecillos verdes le había introducido un tubo por la boca mientras otro le pinchaba en el brazo. Sintió un espasmo en el estómago parecido al clímax. ¡Claro! Era el éxtasis sexual que había experimentado unos minutos antes de perder el norte. El mismo placer que debían sentir las arácnidas. Sumergida en este pensamiento se durmió al tiempo que su alma y su cuerpo se reencontraban.

En el sendero que cruzaba el bosque por donde Ada paseaba no había nomos y al parecer setas, donde ellos se pudieran cobijar, tampoco. Para los níscalos el año fue adverso. Octubre amaneció con temperaturas de verano y las lluvias anegaron los poblados de boletos a principios de la segunda quincena del mes. A pesar de todo Paulo se empeñó en llevar a Ada al bosque para recolectarlos. Te voy a preparar la mejor carne guisada con boletos que hayas probado nunca, le había dicho para convencerla. Era evidente: una chica no tiene todas las noches la posibilidad de cenar con un jugador de futbol brasileño. El afán de notar esos gemelos, trabajados día tras día en el gimnasio, entre las piernas o acurrucar sus senos en los esplendidos pectorales había convencido a Ada. Dos horas más tarde, ella, paseaba la cesta de mimbre por el bosque sin tropezar con una sola seta. Paulo hacía un buen rato que había desaparecido entre la maraña de los árboles. Cuando de nuevo la alcanzó, su canasto estaba a rebosar.

Al caer la tarde,  Ada se sacudía el frío al abrigo del agua casi hirviendo, bajo la alcachofa de la ducha. Paulo, en la cocina, guisaba los boletos. La casa bailaba a ritmo de Samba. La mesa vestida de gala auguraba una noche de fuegos artificiales. Ella se sintió como una princesa cuando él le sirvió las setas humeantes en el plato. Deliciosas; no había otra palabra para describir el manjar. De repente la estancia se transformó. Confundiendo el mantel por unas sábanas de seda, ambos se tumbaron encima de la mesa, ansiosos por probar el postre. Los platos y los cubiertos les ofrecieron su lugar; empujados por el frenesí de la pareja cayeron al suelo empapando el parqué de una lluvia fina de metal y porcelana. Ada saboreo los gemelos. Paulo la arrullo con los pectorales. Ambos tejieron una delicada tela de encaje con el sudor de sus cuerpos. Bajo ella retozaron, jadearon y serpenteando al son de la lambada se anudaron, cuerpo a cuerpo. Hasta que el mundo se hizo pequeño y la mesa demasiado grande para bajar de ella y llegar al baño donde aliviar el dolor de estómago; las arcadas confluían con los espasmos de placer. Paulo vio un inmenso teléfono móvil cerca de su mano y antes de desmayarse atinó a marcar el número del S.A.M.U.R. Ada dormía entre cuádriceps.

Despertó tumbada en una cama que se movía a toda velocidad. Un montón de nomos vestidos de color verde abrían las puertas de sus diminutas casas en forma de setas para recibirla. Por fin había encontrado, en el bosque, boletos para llenar su canasta.

Moon Oliver.
Benicarló 29 de octubre de 2018

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