Somos seres vivos: no se va a acabar el mundo si te tiras un pedo frente a tu pareja.

“Y es probable que llega a tanto el valor de un pedo, que es prueba de amor; pues hasta que dos se han peído en la cama, no tengo por acertado el amancebamiento; también declara amistad, pues los señores no cagan ni se peen, sino delante de los de casa y amigos”.

No hay mejor consejero para los asuntos amatorios que Francisco de Quevedo. Son tiempos en los que deberíamos volver a sus palabras y leerlas con seriedad. Cuando hablo de seriedad no me refiero, por supuesto, a una actitud solemne y, por ello, incompatible con el buen humor, sino a una voluntad de aprendizaje aguzada y risueña, que nos permita extraer verdades útiles para la vida.

Más que de flatulencias, deseo hablar de la confianza.

Menos pudor y más humor
Menos pudor y más humor

No vengo a promover la suciedad, que en realidad poco tiene que ver con lo que quiero decir. La limpieza es saludable y, para la mayoría de nosotros, deseable (no juzgaré a quien me contradiga). Sin embargo, el pudor inducido por el entusiasmo higienista, esa moda que no pasa de moda, nos ha llevado a reprimir, al grado de invisibilizarlas, algunas manifestaciones del cuerpo que no son más que evidencias de que estamos vivos: fluidos, ruidos y olores que tarde o temprano resonarán en nuestras relaciones.

Desodorantes, lociones, pastillas para aniquilar los gases y otras para perfumarlos… La industria de la higiene y “la belleza” se enriquece a costa de nuestra vergüenza, de la culpa que nos provoca el tener que vivir emanando sustancias que si bien suenan y huelen, no merecen nuestra indignación.

¿Le has hecho creer a tu pareja que ibas al baño sólo a arreglar tu peinado?

Menos pudor y más humor
Menos pudor y más humor

Tal vez sea suficientemente perspicaz para darse cuenta de que tienes el mal hábito de evacuar tus intestinos o tirarte un pedo de vez en cuando.

“La palabra tocador me parece una fragancia artera del idioma. Los eufemismos, en su afán de sustituir lo prohibido por vocablos atenuados y ambiguos, funcionan como aerosoles que buscan disfrazar lo hediondo: encubrir y despistar. Imponer un olor grato sobre la fetidez”, dice Laura Sofía Rivero, autoridad en el tema de los modales con los que acostumbramos envolver nuestro implacable sistema digestivo, y cuyo ensayo “La nutria tiene cosquillas / Expresiones para ir al baño” que tendría de leer cualquier interesado en el asunto.

Si aspiramos a sostener una relación íntima con alguien, vale la pena abrirle las puertas en nuestras conversaciones a lo escatológico, pues sólo la confianza más sincera admite las expresiones más soeces. Hablar con otro de lo que ocurre en las entrañas, capaces de transformar la materia, de emitir sonidos y aromas, a sabiendas de que la mayoría de las personas nos sancionaría (claro, ¡porque la deglución y el tránsito intestinal no son algo común a todos los seres humanos!) es una prueba de amistad, de amor, basada en la complicidad frente a un hecho que nos hace vulnerables, susceptibles de escarnio en una sociedad que niega su realidad con eufemismos. El pudor, al mismo tiempo que nos contiene —¿quién no se ha aguantado, estoicamente, la ganas de tirarse un pedo con tal de no incomodar a su prenda amada?— despide, eructa, el tufo de la vergüenza que provocaría la desmesura accidental, el aullido hediondo de nuestra naturaleza. Tirarnos un pedo nos recuerda que somos animales, y eso a algunos les molesta. ¡A otros nos hace gracia!

Menos pudor y más humor-zhazz
Menos pudor y más humor-zhazz

En el mejor de los casos este gesto amistoso deriva en carcajadas. Quizá el efecto cómico de la emisión de gases y ruidos corporales encuentra su explicación en la transgresión voluntaria de la vergüenza al contradecir, haciendo gala de la inmoderación, su carácter accidental y reprobable. Vamos, esto no es una invitación a peerse o eructar encima del otro, sino una reivindicación de lo que nos hace humanos; una invitación a no espantarse frente a lo inevitable, a dejar de temerle, a hablarlo, a encontrarle lo simpático.

Así, cuando pase, cuando el pedo se escape, una forma alegre de autoescarnio contrarrestará, mediante la risa, lo bochornoso de la situación, que dará pie a grandes chistes para la posteridad. Hace mal quien subestima el potencial de estos acontecimientos, pues no hay nada mejor en una relación amorosa que la disposición y el talento para hallar comicidad en lo más nimio, y reír juntos.

Busco pareja
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Debra Figueroa

Debra Figueroa (1989). Escribe en la Ciudad de México. Es ensayista, editora, prófuga de la academia y exbibliotecaria. Devota del ocio.
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