Un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences demostró que nuestra temperatura corporal va cambiando según cómo nos sintamos y cómo esté en cada momento nuestro estado de ánimo. El grupo de investigadores Filandeses que llevó a cabo el estudio analizó a unas 700 personas de distintas nacionalidades para demostrar el aumento o la disminución de la temperatura corporal en función de la emoción que presentaban en ese momento.

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A partir de un mapa de calor corporal, se asociaron las emociones más comunes de los seres humanos, felicidad, enfado, sorpresa, ansiedad, etc., y demostraron que emociones como el amor, la alegría, el orgullo y el enfado son de las que más provocan un aumento de la temperatura de nuestro cuerpo. Así pues, no solo asociamos las temperaturas altas a emociones positivas, sino también a emociones negativas. Ambas nos dominan, hacen que aumente el riego y la presión sanguínea, suba el ritmo cardíaco y el cuerpo se predisponga a la acción. De ahí el juego de palabras cuando sentimos amor, por ejemplo, y decimos: “este amor me está quemando” o cuando nos enfadamos “me va a estallar la cabeza”. Cuando nos sentimos así, nuestra temperatura corporal aumenta varios grados, lo que se refleja en el mapa de calor con tonos amarillos, naranjas y rojos concentrados en la zona del pecho, la cabeza y en las mejillas. “Aunque parezca mentira, me pongo colorada cuando me miras……….”

Contrariamente a los colores cálidos de las emociones más subiditas de tono están el azul y el morado, que los protagonizan las emociones que nos provocan un descenso de la temperatura corporal. La tristeza y la depresión son dos ejemplos que dominan nuestro cuerpo y nos dejan destemplados. “Me he quedado helado”, ¿os suena la expresión? Bien, cuando vemos una película triste, por ejemplo, nuestra mente y metabolismo se deprimen y en consecuencia de ello el cuerpo pasa a sentir frío y a refugiarse bajo una manta. ¿Os pensáis que es casualidad eso de “peli, manta y palomitas”? Pues va a ser que no.

La reflexión de este estudio se refleja en los resultados generalizados de todas las personas que protagonizaron la investigación y se sometieron al experimento, ya que todas ellas respondieron de la misma manera con los mismos estímulos emocionales. Aquí podemos comprobar que los sentimientos y las emociones son universales y que van más allá de la cultura, el idioma o el clima del país en el que se encuentre cada uno.

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Agradecimientos a Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Sandra López Salas