«Quién la hace la paga», «ojo por ojo y diente por diente» «Sed de venganza».

Son algunas de las citas que incitan la pena de muerte, y ya de paso, nos ayudan a entender su función y su significado. Pero a veces no solo se aplica en los casos más graves y la justicia queda en el platillo más alto de la balanza. Y aunque esos delitos fueran graves, ¿el único final de todo eso es la muerte?

La pena de muerte, pena capital o ejecución consiste en provocar la muerte a un condenado por parte del Estado, como castigo por un delito establecido en la legislación; los delitos por los cuales se aplica esta sanción suelen denominarse «delitos capitales».

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Entre los delitos capitales destacan el asesinato y las violaciones sexuales. ¿Delitos con la suficiente gravedad como para quitarle la vida a un individuo? Probablemente sí si nos acogiéramos a la cita bíblica de «ojo por ojo y diente por diente», también muy citada en las películas del Far West dónde toda la trama era conseguir de una manera u otra la venganza. Pero aún así, la pena de muerte es aceptada en muchos países por cometer los delitos siguientes: por tener relaciones sexuales consentidas fuera del matrimonio, por tráfico de drogas, por delitos de guante blanco, por oposición al gobierno, por ofender o abandonar la religión, etc.

¿Serían unos claros ejemplos para ejecutar con total acierto la pena de muerte? ¿Hasta qué punto le quitamos el derecho a vivir de una persona por haber quitado lo propio de otra? ¿Debemos quitar la vida cuando el implicado no la ha quitado a nadie?

Según Amnistía Internacional, en 2016 se registró una disminución del 37% en el número de ejecuciones respecto a las llevadas a cabo el año anterior. Se ejecutó al menos a 1.032 personas: 602 menos que en 2015, cuando la organización registró la cifra de ejecuciones más alta llevadas a cabo en un solo año desde 1989. Pese a la considerable disminución, la cifra general de ejecuciones de 2016 siguió siendo más alta que la media registrada el decenio anterior.

Estas cifras no incluyen las miles de ejecuciones realizadas en China, donde los datos sobre el uso de la pena de muerte seguían estando clasificados como secreto de Estado. La mayoría de las ejecuciones tuvieron lugar en China, Irán, Arabia Saudí, Irak y Pakistán, por este orden.

China siguió siendo el mayor ejecutor del mundo, aunque se desconoce la verdadera magnitud del uso de la pena de muerte allí, pues los datos al respecto se consideran secreto de Estado. En la cifra global de al menos 1.032 no están incluidas las miles de ejecuciones que se cree que se han llevado a cabo en China. Excluyendo a China, el 87% de las ejecuciones tuvieron lugar en tan sólo cuatro países: Irán, Arabia Saudí, Irak y Pakistán.

Irán fue responsable del 66% de todas las ejecuciones registradas en Oriente Medio y el Norte de África. Sin embargo, la cifra total de ejecuciones llevadas a cabo en Irán se redujo un 42% (de al menos 977 a al menos 567), comparada con el año anterior. Arabia Saudí ejecutó al menos a 154 personas, con lo que mantuvo el alto nivel alcanzado en 2015 (158), que constituyó la cifra más alta registrada en ese país desde 1995.

Por primera vez desde 2006, Estados Unidos no se encontraba entre los cinco países que más ejecuciones realizaban: había descendido al séptimo lugar, por detrás de Egipto. Las 20 ejecuciones llevadas a cabo en Estados Unidos fueron la cifra más baja en el país desde 1991.

Bielorrusia, Botsuana, Nigeria y las autoridades del Estado de Palestina reanudaron las ejecuciones en 2016; Chad, India, Jordania, Omán y Emiratos Árabes Unidos los cuales todos ellos ejecutaron a personas en 2015, no informaron de ninguna ejecución el año pasado.

En muchos países donde hubo condenas a muerte o ejecuciones, los procedimientos judiciales no cumplían las normas internacionales sobre juicios justos. En algunos casos, tal incumplimiento supuso la obtención de «confesiones» mediante tortura u otros malos tratos; esto sucedió, entre otros lugares, en Arabia Saudí, Bahréin, China, Corea del Norte, Irak e Irán.

Así pues la pena de muerte a veces juega a los dados con seres humanos que no deberían jugar con ella, y a su vez juega con aquellos que tienen toda la obligación de observar el tablero de juego y asumir las consecuencias.

Pero también es cierto que como la vida es un derecho, siempre nos será difícil decidir quién tiene que vivir o quien tiene que morir. Además…¿nos toca a nosotros o a cualquier autoridad hacerlo?

Citando una frase de la película Dead Man Walking (Pena de muerte, 1995) dónde a Susan Sarandon le valió el Oscar a la mejor actriz interpretando a una monja que ayuda espiritualmente a un preso en el corredor de la muerte; «no está bien matar para decir que está mal matar».