Vivir en el presente no solo significa dejar de pensar en el pasado o el futuro, sino también aprender a disfrutar del aquí y ahora, ser plenamente conscientes. Cuando nos concentramos en cada detalle, por ínfimo que nos pueda parecer, aprendemos a disfrutar de las situaciones, nos implicamos en cuerpo y alma e incluso cambia nuestra percepción del mundo que nos rodea.

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¡Carpe Diem! “¡Hay que vivir el presente!”

Una gran frase que nos es conocida ya que está mucho al uso de la gente. Una frase muy usada y a su vez optimista que dan una cierta revelación a una forma de vida placentera y poco problemática. ¿Pero cómo se vive el presente? ¿Hay instrucciones para ello?

Lo pasado no se puede cambiar y el futuro pocas veces lo podemos descubrir, así que solo nos queda el presente. ¿Pero qué hacer con nuestro presente? Cuando se vive el momento, significa que el aquí y el ahora están más firmes que nunca y solo se reacciona ante las circunstancias surgidas por ese mismo instante. Sin prestar demasiada atención a los antecedentes ni a las consecuencias venideras. Así pues reescribimos nuestra historia una vez más en cada instante en el que estamos y en cada momento en el vivimos. Todo pasa deprisa y cada momento es efímero y nunca volverá.

A medida que avanzamos en la vida adquirimos experiencias nuevas. Esas experiencias forman parte de nuestro pasado más reciente, pero a su vez forman parte de nuestro presente ya que en él lo podemos contar y transmitir.

Es por eso que vivir el presente no significa solo estar pendiente de las circunstancias a corto plazo, como tampoco es olvidar nuestros recuerdos y/o nuestro pasado, sino que tiene que ver con una mentalidad diferente y una filosofía de vida.

Un antiguo proverbio zen afirma: “Cuando camines, camina. Cuando comas, come”.

Y lo cierto es que este consejo saca a relucir el principal problema que aqueja a muchas personas en la sociedad actual: la incapacidad para vivir en el presente.

Y es que a lo largo del día realizamos diferentes tareas, pero no somos plenamente conscientes de ellas, no nos percatamos de lo que estamos haciendo porque tenemos “la cabeza en otra parte”. De hecho, realizamos muchas de las actividades cotidianas de manera automática, sin prestarles atención. La razón de este “despiste” es muy sencilla: estamos demasiado ocupados recordando el pasado o muy preocupados por el futuro, de manera que el presente se nos escapa.

Para poder vivir mejor el presente, podríamos aceptar todo lo que llega nuestra vida, reflexionar y luego actuar, renuncia al control, saborear cada instante, deshacernos de las ideas preconcebidas, etc. Cuando nos concentramos en cada detalle, por ínfimo que nos pueda parecer, aprendemos a disfrutar de las situaciones, nos implicamos en cuerpo y alma e incluso cambia nuestra percepción del mundo que nos rodea.

¡Carpe Diem! El presente que ni se vende ni se compra
¡Carpe Diem! El presente que ni se vende ni se compra

Todos en algún momento nos hemos quedado atrapados en un tiempo inexistente. Por ejemplo, cuando estamos trabajando y fantaseamos con las vacaciones o cuando estas llegan pero seguimos preocupados por nuestros proyectos, por nuestro trabajo, por hipotecas, etc. También suele pasar cuando decidimos ver una película o salir a correr para relajarnos pero en vez de disfrutar del ahora, seguimos pensando en los problemas que debemos solucionar.

De esta forma, pasamos gran parte de nuestra vida entre el pasado y el futuro, perdiéndonos lo único que realmente tenemos: el presente. De hecho, llenamos el presente con culpas y remordimientos provenientes del pasado, a los cuales les añadimos la incertidumbre y las preocupaciones del futuro, por lo que no es extraño que este peligrosa situación termine generando grandes dosis de angustia, ansiedad e insatisfacción.

¡Así que vivamos el presente! Solo hay uno y no se te puede escapar. ¡Carpe Diem!

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Agradecimientos: Photo by Roberto Nickson on Unsplash