El mito de los opuestos en el amor2018-11-14T15:46:47+00:00

El mito de los opuestos en el amor

Es vox populi que los polos opuestos están hechos para estar juntos, que cuanto más te diferencies de alguien, más fructífera será vuestra relación, pero… ¿Es eso realmente cierto? Hay quienes están dispuestos a hacer caer el mito, y nosotros queremos averiguarlo.

El mito de los opuestos

El mito de los opuestos

Es comúnmente popular que aquellas personas con mayores diferencias en gustos y aficiones son aquellas que obtienen una mayor afinidad. ¿Por qué? Porqué de la misma manera que los imantes, los polos opuestos se atraen, están hechos para estar unidos. Esto siempre ha sido así, y quién diga lo contrario es que miente.

¿Quién no ha mencionado la famosa cita, “quién se pelea, se desea”, al ver que dos personas discutían y no se soportaban debido a las grandes cuestiones que les diferenciaba claramente? Ya respondo yo por vosotros; absolutamente nadie. Eso es algo que hemos dicho o pensado todos en alguna ocasión a lo largo de nuestras vidas, pero ¿qué pasaría si resulta que os digo que hemos vivido rodeados de una premisa falsa durante todos este tiempo?

Enamorarte de alguien con quien no tienes nada en común es fascinante, en primera instancia; te permite abrir tus miras y probar cosas que nunca antes te habías imaginado, te permite desarrollarte como persona al estar dispuesto a abarcar nuestros. Pero, ¿este tipo de relación nos beneficia a largo plazo? Alberto Fuguet, periodista, escritor y cineasta chileno, lo tiene claro: ¿Quién dijo que los polos opuestos se atraen? Sí, se atraen, pero nada más; no se comprenden.

Parece que nos movemos por la atracción, probablemente de carácter sexual, pero tal y como se menciona en el blog digital de “La mente es maravillosa”, “esas diferencias que al principio captan nuestra atención y que incluso vemos como rasgos que complementan y enriquecen nuestra personalidad, con el tiempo se convierten en problemas que dificultan el entendimiento de la pareja y provocan la ruptura”.

Quién iba a decir que para poder asegurarnos el poder establecer una relación medianamente estable debemos fijarnos, sobre todo, en aquellas personas que tengan unas aficiones parecidas a las nuestras. En primera instancia, en la teoría, puede resultar algo ciertamente evidente, pero cuando nos encontramos de frente con la puesta en práctica resulta que nos cuesta deshacernos del mito y preferimos arriesgar y apostar por la pura atracción fatal, aquella que sabemos del cierto que no llegará a buen puerto pero que estamos dispuestos a sufrir por la pasión que vive dentro de nosotros, pero los datos nos lo dejan claro; en un estudio realizado por la Universidad de Wellesley en Massachusetts y la Universidad de Kansas, ambas en Estados Unidos, han dictado que “las parejas que son más afines son las que realmente sobreviven a largo plazo”. La propia líder del estudio, Angela Balms, afirmó en unas declaraciones que “estamos discutiendo que la selección de otras personas similares a nosotros es extremadamente común, tan común y extendida en tantas dimensiones que podría ser descrita como un defecto psicológico”.

Y es que, el mensaje que nos quieren transmitir es que para no condenarnos a tener que vivir en una relación más bien tóxica es mandatorio elegir una persona con la que compartamos objetivos y necesidades.

Sin lugar a dudas, los datos están en lo cierto. ¿A quién no le gustaría estar al lado de alguien con el que no parar de realizar actividades o vivir aventuras que ambos puedan disfrutar de la misma manera? No todo el mundo tiene la suerte de encontrar a esa persona, pero hay clara una cosa; si la encuentras, ni se te ocurra separarte de ella; lo agradecerás a largo plazo.

Aun así, es necesario mencionar que hay que tener también en cuenta algo que quizás en este estudio no se han planteado; ¿verdaderamente todos buscamos la similitud con alguien?

Nuestra experiencia nos responde a esta pregunta; depende de nuestra edad. Ya lo hemos mencionado en un anterior párrafo, hay veces que tiramos por el riesgo, y esto sobre todo ocurre cuando somos jóvenes sin ningún tipo de experiencia en el amor, porque lo único que tenemos ganas es de vivir algo que nos recuerde siempre que hubo un tiempo en que nos daba igual la estabilidad y preferíamos vivir en una montaña rusa emocional.

Según Marta Jiménez, periodista de la revista “El Confidencial”, eso es algo totalmente lícito cuando lo único que buscamos es pasión y cero compromisos. Además, basándose en los estudios realizados por los psicólogos Linda y Charlie Brown, autores de “Secrets of Great Marriages: Real Truths From Real Couples About Lasting Love”, se ha podido concluir que sí, es cierto que existe un momento en el que nos atraen las personas que más se diferencian de nosotros, y eso viene dado del hecho que “estamos llenos de deseos e insatisfacciones que se compensan y ven satisfechas gracias al polo opuesto”, tal y como se menciona, también, en esta reconocida revista.

Pero a medida que vamos madurando y tenemos en nuestras manos un gran bagaje de vivencias vividas en el terreno amoroso nos damos cuenta de que buscamos algo diferente en las personas con las que queremos compartir nuestra vida, a nivel amoroso. A los treinta años, por ejemplo, y de manera genérica, nos empezaremos a fijar más en aquella persona a la que le gusta nuestro libro favorito, en aquella a la que también le guste el mismo género cinematográfico, el mismo sabor del helado, en aquella que tenga ganas de visitar los mismos países que nosotros… Aquella que nos aporte lo mismo que pretendemos aportar nosotros.

Seamos honestos, estar al lado de alguien que se aleja de nuestra manera de ver las cosas es probable que nos atraiga durante un tiempo determinado en nuestras vidas, pero, ¿acaso hay algo más bonito que el hecho de coincidir en todo? Imagina que a tu lado hay alguien que piensa igual que tú, que actúa igual que tú, incluso que es capaz de acabar las oraciones por ti porque sabe del cierto lo que quieres transmitir a través de tus palabras. Lo sé, no hace falta decir nada más.

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