Nos encontramos en una estructura social asimétrica, claramente heteropatriarcal, donde las relaciones sociales e interpersonales de poder se construyen en base a las identidades de género binarias, hombre y mujer, atribuyendo roles diferenciados y de gran desigualdad (ELLOS, valientes, seguros, activos, duros, ELLAS, dóciles, cariñosas, obedientes, guapas).

Partimos de la premisa que la construcción de identidad de género se basa en la asignación que se realiza en el momento del nacimiento por la apariencia externa de los genitales. Ese género, como principio estructurante, ya condiciona unos patrones de conducta establecidos socialmente de masculinidad y feminidad.

Patrones que se manifiestan en todos los ámbitos: 

  • Roles: ELLA, esposa, madre, cuidadora, trabajo reproductivo, afectiva; EL trabajo productivo, economía, protección, autoridad
  • Espacio: ELLA privado; EL público
  • Amor: ELLA complaciente, dar, entrega, el amor como eje central; EL independencia, conquista, posesividad
  • Mandatos de género: ELLA sensible, tierna, dependiente; EL fuerte, protector, no mostrar debilidad. 

Es importante destruir los estereotipos de género para que las creencias sociales de características y comportamientos propios sean modificadas. Y para ello, tenemos que favorecer procesos de empoderamiento a las mujeres que provoquen cambios internos y así consolidar los propios poderes y capacidades para poder definir y decidir el sentido de nuestra vida. 

Este empoderamiento debe partir de la toma de conciencia de estas relaciones (dominio/sumisión), debe modificar los mitos y estereotipos sexistas y debe transformar las relaciones sociales. Pero también debemos plantearnos un empoderamiento colectivo que parta de la toma de conciencia de grupo, de género, involucrando a la comunidad y haciendo público y visible el problema privado, como podría ser el de la violencia de género en las (ex)parejas 

En el caso de las mujeres que sufren o han sufrido violencia machista, es importante incluir esta perspectiva para ubicar la causa de las violencias no en las mujeres que las sufren, si no en el sistema que las genera y las permite. 

De igual manera, podríamos hacer referencia a la imagen y cosificación. A las mujeres, diversas y heterogéneas, se nos representa, en imagen y cuerpo, pero raramente se nos reconoce por nuestro trabajo, no se sabe qué valores conforman nuestros imaginarios, qué reflexiones podemos ofrecer sobre nuestra manera de estar y ver el mundo.

O en cuanto al género y sexo. Debemos acercarnos a teorías contemporáneas sobre perspectiva de género para poner en duda y re-leer la relación con el cuerpo, su manipulación, su deseo y las estructuras de patriarcado como opresiones vividas. 

A todo esto cabe añadir que la discriminación por género intersecciona con la de origen, edad, clase, orientación sexual, diversidad funcional…

En definitiva, es cierto que las mujeres debemos hacer un ejercicio personal de confrontación con el sistema establecido, pero no es menos cierto que sin un cambio social de ruptura general de los estereotipos establecidos seguiremos sin resolver los conflictos y sin dar respuesta a los cambios y avances de las mujeres.- 

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